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domingo, 9 de agosto de 2009

"CONECTADOS AL VACIO" - Sergio Sinay

Ha transcurrido más de medio siglo desde que, en 1955, el gran escritor belga Georges Simenon (creador del entrañable Comisario Maigret y autor de decenas de novelas siempre apasionantes, entre ellas El tren, La habitación azul y Noviembre) dijera: “El hecho de que seamos no sé cuántos millones de personas, pero que la comunicación, la comunicación completa, sea absolutamente imposible entre dos de esas personas, resulta uno de los temas trágicos más importantes del mundo” . Quizá Simenon exageraba en un punto. La comunicación entre dos personas no es, en mi opinión, absolutamente imposible. Si lo fuera, ya hubiéramos perecido como especie. Pero es verdad que, cuando esa comunicación no se produce, estamos ante una catástrofe vincular y, cuando la imposibilidad se multiplica por millones de individuos, desembocamos en un tema trágico que afecta al mundo.
Hoy coqueteamos de un modo inquietante e irresponsable con esa tragedia. Más de seis mil millones de personas comparten un período de la historia humana signado por el más fabuloso desarrollo de múltiples tecnologías, entre las cuales se destaca la que está abocada a la conexión (telefonía, informática, televisión, radio y toda la aparatología que la hace posible y alcanza expresiones de compleja sofisticación). El planeta nunca ha estado tan conectado. Al mismo tiempo, los seres humanos acaso nunca hemos estado tan incomunicados.
¿Qué es comunicarse? Defino a la comunicación como el fenómeno por el cual cada persona, al crear su subjetividad y tomar conciencia de su singularidad, se da cuenta de que la palabra Yo, su concepto y su noción, son imposibles, incomprensibles e indefinibles si se carece de la palabra , su concepto y su noción. Si para que exista Yo, tiene que haber un Tú, la sola existencia de éste me convierte a mí en el Tú del otro. Juntos, configuramos un fenómeno extraordinario: nos damos mutua existencia. Juntos, además, conformamos, con otros tantos yoes y tús, es decir con millones de individuos, una totalidad que nos contiene, que nos integra, que nos permite trascender (ir más allá del propio yo), que nos da sentido y que, en definitiva, es más que la suma de sus partes. La comunicación, así comprendida, consagra nuestra conciencia de ser partes de una totalidad y no un fragmento aislado y sin sentido. Somos seres destinados al vínculo, porque vinculándonos construimos identidades, desarrollamos habilidades existenciales, damos sentido al mundo en el que vivimos y lo comprendemos. Por esto sostengo, a diferencia de Simenon, que la comunicación es posible. Y que, además, es necesaria, es condición sine qua non de la existencia de la especie y de la configuración de los individuos. Se podría decir, desde esta perspectiva, que para los humanos la comunicación es destino.

Tan conectados, tan incomunicados
Pero la comunicación no nos es dada: debemos construirla. Y, a la luz de lo que sostengo hasta aquí, esa construcción es, para mí, un deber moral. El deber de reconocer al otro, de respetarlo como alguien diferente, el deber de mirarlo (no sólo de verlo), de escucharlo (no sólo de oírlo), de hablarle (no sólo de dirigirle palabras), de registrar su presencia y de estar presente ante él y, en fin, el deber de establecer, más allá de lo formal, un puente emocional de persona a persona. Lo que digo, en síntesis, es que la comunicación se construye, no es un plato que se consigue precocinado. No venimos a la vida comunicados, venimos a comunicarnos. No venimos con la comunicación instalada, pero venimos con todos los recursos, las habilidades y las condiciones para construirla. Cuando lo hacemos, cuando la fundamos y nos comunicamos de Yo a Tú, de un ser real, singular y único a otro ser real, singular y único, es cuando podemos empezar a experimentar el amor, la empatía, la comprensión, la piedad, la compasión, la cooperación. Podemos empezar a experimentar lo más bello, sagrado y misterioso de la condición humana. No hay valores, no hay ética, no hay afectos, no hay expresión emocional si no hay otro.
Las nuevas tecnologías (especialmente las llamadas “de Comunicación e Información”) nos conectan pero no nos comunican. Puedo tener decenas de teléfonos celulares, de iPhones e iPods, puedo morir abrazado a la pantalla de mi computadora, puedo ahogarme navegando en Internet, puedo figurar en miles de listas de contactos de chateadores compulsivos, puedo ser la persona más popular en los sitios “sociales” de la Red, puedo participar de cien videoconferencias diarias, mi casilla de mensajes electrónicos puede desbordar y yo puedo carecer de tiempo material para responderlos, y aún así puedo no estar comunicado con nadie.
De hecho cuanto más me conecte es probable que menos me comunique, pues la comunicación real con una persona real requiere tiempo, presencia, escucha, mirada, reclama palabras cargadas de sentido (no patéticas abreviaturas que trozan y destrozan el idioma hasta quitarle entidad y contenido). La comunicación humana es un proceso artesanal, delicado, complejo, que requiere, insisto, tiempo, atención, dedicación y cuidado. Cuanto menos comunicados estemos más insatisfechos nos sentiremos. No importa la frecuencia con que cambiemos de auto o de vivienda, no importa lo mucho que viajemos, no importa las adicciones que desarrollemos (a la velocidad, al sexo express, a los deportes extremos, a consumir lo que sea, al tabaco, al alcohol, al trabajo, a las drogas sociales o prohibidas, a las personas, a la comida, al juego, al riesgo, a la comida chatarra, a la comida sana, a la pornografía, a lo que sea), incomunicados, desterrados del horizonte real de un otro real, y habiendo desterrado al otro real de nuestra propia mirada, tan ocupada en la observación del propio ombligo, estaremos cada vez más llenos de vacío. De vacío existencial, del vacío que ahonda una vida sin sentido.

Comunidad y comunicación
El sentido de cada vida es único, está dado y es necesario descubrirlo, dejar que se manifieste, encontrarlo en cada situación de la propia existencia. No hay dos vidas iguales, no hay sentidos intercambiables. El sentido particular de cada vida única tiene algo en común con el de otras vidas: en ambos, de algún modo, está presente el otro. Necesitamos desarrollarnos y constituirnos como el individuo único que cada uno es y luego, en la comunidad del encuentro, trascender, darnos sentido. Cuando personas individuadas se encuentran crean un espacio que llamamos comunidad. Comunidad significa común unidad, complementación de lo diverso, sinergia, integración. Eso es comunicación.
Cuando no encontramos el sentido, cuando nos gana el vacío y su angustia, solemos huir de ellos a través de la masificación. Comunidad y masa no son lo mismo. En la comunidad florece el individuo y da de sí lo mejor. En la masa se disuelve, se entrega a la guía de otros, pide que piensen por él, que le anestesien el dolor de no saber para qué vive. Las nuevas tecnologías están anestesiando ese dolor. Están prometiendo el exilio dorado en un mundo virtual, están conectando masivamente e incomunicando existencialmente.
Esas tecnologías no son los nuevos demonios del sufrimiento humano, no producen sus efectos porque sean nocivas en sí. No son el “eje del mal”, como podría definirlas una mente fanática, elemental y peligrosa (ya sabemos el daño que hacen esas mentes, sobre todo cuando están en el cuerpo de alguien con poder). Lo que es dañino es el uso intencionadamente perverso que se está haciendo de las nuevas tecnologías. Están puestas al servicio de intereses económicos inmorales, inescrupulosos y criminales, que cuentan con usinas de investigación, diseño, elaboración, marketing, publicidad y venta integradas por gente que sabe lo que está haciendo y por ilusos manipulados que se creen parte de una “vanguardia” que está creando el “mundo del futuro”, un mundo a prueba de incertidumbres, un mundo controlable, anticipable y feliz, un mundo en el que todo será posible usando dos dedos. Todo, incluso la inmortalidad. Como decía Albert Einstein, “el problema no está en la tecnología, sino en el corazón del ser humano”.
La tecnología nació, en la historia, como una expresión humanística: tenía al ser humano como fin. Progresar en esa dirección era deseable, era moral. En la primera década del siglo veintiuno, cada día más, el ser humano es objeto de la tecnología y de sus manipuladores. Él ya no es un fin sino un medio. El progreso, cada día más, se convierte en un fin en sí mismo. Amo la etimología de las palabras, acceder a su sentido. Progreso proviene del latín progressus. Significa marchar hacia delante. ¿Marchar hacia delante es siempre un valor? ¿Aún si adelante me espera un león con las fauces abiertas? ¿Aún si adelante hay un abismo? La palabra progreso, bastardeada maliciosamente, se ha convertido en el bisturí con el que se nos practica una lobotomía que elimina de nuestros cerebros la noción de sentido, de valor, de ética, de comunicación. Progreso tecnológico no significa progreso moral. Progresar no es vivir mejor, no es darle un sentido a la existencia. Progresar es, en principio, nada más que ir hacia adelante. Cebados, cegados, angustiados por la sensación de vacío existencial estamos corriendo hacia los cantos de sirena del “progresismo” tecnológico que nos convierte en objetos.
La compañía Dell, corporación multinacional, es una de las empresas líderes en el mundo de las nuevas tecnologías. Dedica sólo el 1% de sus ingresos a la investigación y obtiene márgenes de 18%2. Como ocurre con tantos líderes y creadores de hábitos de consumo en el campo de las nuevas tecnologías, el acento de Dell está puesto en la rentabilidad, no en el mejoramiento de la vida (este argumento será apenas un vacío argumento de marketing). Google, otro icono del mundo virtual, que se vanagloria de desarrollar nuevas tecnologías en Internet, no lo hace con el ojo puesto en las personas como fin sino como medio (Google, hay que recordarlo, no vaciló en convertirse en cómplice del gobierno chino a la hora de censurar y espiar a los usuarios). Invierte el 12% de sus ingresos en investigación y desarrollo (es un poco más generosa, aparentemente, que Dell u otras grandes), pero el 99% de sus ventas corresponde a anuncios publicitarios3. ¿Cuál es el propósito de Google, entonces, el desarrollo tecnológico, la información, o la venta pura y dura? ¿Quién sirve a quién, Google a sus usuarios o éstos a Google? La pregunta es extensible a todas las corporaciones tecnológicas.
Las nuevas tecnologías no están gestionadas por humanistas, por personas que hacen lo suyo en términos de comunidad, por una avanzada de comunicadores que promueven eso, la comunicación humana. Las nuevas tecnologías emanan y son mayoritariamente manipuladas por los mercaderes del siglo veintiuno, mercaderes peligrosos, inescrupulosos, alejados de toda noción de alteridad, de solidaridad humana. Son seductores, no tienen ética (aunque la invoquen en sus anuncios o en sus declaraciones de visión y misión), cuentan como cortesanos y divulgadores a intelectuales que se han dejado abducir blandamente, y, por fin, necesitan consumo masivo a cualquier costo, aunque el costo sea la calidad de la vida espiritual, emocional y afectiva de la sociedad. Necesitan que las personas estén solas e incomunicadas, angustiadas e infelices. Las necesitan así para prometerles el falso maná de la “comunicación”. No hay tal maná: hay, por ahora, sólo conexión, juguetes tecnológicos, aparatología, falsas ilusiones de “pertenecer” a comunidades virtuales. Conexión virtual, incomunicación real.

Conectados al vacío
He procurado que el título de este libro defina con la mayor claridad posible el escenario que observo, hoy y aquí, en las relaciones interpersonales, en los vínculos humanos. Veo legiones de personas tristes, insatisfechas, angustiadas, veo un creciente malestar espiritual que corre parejo con un consumismo progresivo e ilimitado. Veo personas que se alienan de otras personas y se sumergen en fantasías virtuales en las que creen estar comunicados, creen estar llenos de amigos (amigos de los que no conocen nada más que el nickname, el password, la dirección de correo electrónico y lo que el otro les miente a cambio de mantener esa relación fantasmagórica). Veo personas que van perdiendo las habilidades para comunicarse con el semejante, el prójimo (recordemos que prójimo significa, sencillamente, próximo) y las pierden a tal punto que el otro acaba por generarles miedo, por ser sospechoso, por convertirse en obstáculo. Veo cómo nos convertimos en una sociedad (no una comunidad) de siluetas en sombras, apenas alumbradas por la luz de una pantalla (la pantalla de un celular, de una computadora, de un video juego, de un artefacto cualquiera). Son las siluetas de millones de seres Conectados al vacío.
Esa conexión no es gratuita. No lo es aunque nos ofrezcan navegación libre, 200 mensajes gratis, minutos sin límite, conexiones instantáneas y 3, 4 o 20 megas por un irrisorio precio-anzuelo. Tiene costos altos y reales, no virtuales. Se paga con la destrucción de la trama de vínculos humanos, se paga con ausentismo del mundo real, se paga con la propagación epidémica del egoísmo, con la pérdida de la empatía, se paga con enfermedades psíquicas y síndromes psicológicos, se paga con la ausencia de experiencias verdaderas en la vida verdadera, se paga con la perdida de destrezas naturales en el ser humano para conectarse con el entorno y con el mundo, se paga con una vida plana, insípida, insignificante que apenas supera los niveles vegetativos, se paga con una profunda y devastadora soledad, con una angustia a veces insostenible y siempre inconsolable.
A lo largo del libro me detendré en la exploración de cada uno de estos paisajes que observo. Exploraré las consecuencias que la conexión al vacío produce en la salud física y mental, en la trama de nuestros vínculos, en la anulación de proyectos existenciales, en la erosión de lo ético y de lo moral.
Cada capítulo ha sido escrito a un alto costo emocional. Vivo en el mundo que describo, soy parte de él. Como habitante de mi tiempo, lo que me es contemporáneo me afecta y me compromete. Me duele. Me desalienta. ¿Qué es necesario para despertar? ¿A qué grado de adormecimiento existencial se puede llegar? ¿Qué hace que personas que parecen cultas, instruidas, razonables se entreguen con semejante docilidad a una condición de zombies y, a menudo, entreguen mansamente a sus propios hijos a esos hábiles secuestradores? ¿Qué monto de soledad individual y colectiva, de incomunicación íntima y social es necesario para que se geste una masa crítica impulsora de una reacción? No tengo la respuesta, pero me he propuesto, a través de mis herramientas (la escritura, la investigación, el trabajo en el campo de los vínculos humanos) insistir una y otra vez, de cuanto modo sea posible, con las preguntas. No tengo las respuestas totales sobre el origen. No sé, lo confieso, responder plenamente a la pregunta ¿por qué ocurre esto? Pero creo que ocurre para que, al contactar finalmente con el vacío más profundo, nuestra conciencia despierte y empecemos a avanzar en la dirección de una vida que merezca llamarse así. Y, desde esa perspectiva, propongo aquí algunas repuestas a la pregunta ¿cómo se sale de aquí, cómo podemos comunicarnos? Y esas propuestas están también en el libro.
¿Queremos vivir Conectados al vacío? ¿Para eso se vive? Estas son preguntas que nos formula la propia vida. ¿Qué vamos a responderle? ¿Cómo vamos a hacerlo, ya que las respuestas a las preguntas de la vida no pueden ser discursos sino actitudes? Nadie puede responder por cada uno de nosotros. Como decía con su profunda sabiduría Víctor Frankl, la responsabilidad nunca es colectiva, es siempre individual. Cada uno debe hacerse cargo de responderle a la vida por su propia vida. Las preguntas están planteadas, y pueden ocultarse, pero no borrarse. Nos acompañarán hasta recibir una respuesta.


Gentileza de Edgardo Peretti.



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